
ODA A – EL AJIACO
Hay platos que no solo alimentan, construyen memoria. El ajiaco es uno de ellos. Humeante, espeso y lleno de matices, parece contener en su interior el pulso entero de una tierra. No es solo una sopa, es una geografía servida en un plato.
De origen altiplánico, nacida de la cocina ancestral de los indígenas Muiscas, en sus orígenes era una preparación hecha con papa y guasca. Tres variedades de papa que resisten las bajas temperaturas del altiplano cundiboyacense y que, juntas, definen el carácter del ajiaco: la criolla que se deshace y da cuerpo al caldo, la pastusa que se ablanda y aporta cremosidad, y la sabanera, firme, que mantiene su forma y aporta estructura.
Con la colonización y la llegada de los españoles se integró el pollo, que le aportó la proteína y la grasa a la sopa. Con el tiempo las élites bogotanas incorporaron las alcaparras, traídas del Mediterráneo como símbolo de estatus, y ya entrado el siglo XX, cuando la industria láctea agarró fuerza, llegó el último integrante, la crema de leche.
Cada elemento cumple un papel preciso. El pollo aporta proteína y grasa otorgando profundidad al caldo, la crema enriquece y profundiza los sabores, las alcaparras reinician y limpian el paladar con su acidez y salinidad. La guasca le otorga un perfume vegetal y un perfil robusto, único, propio del ajiaco colombiano, mientras la papa sostiene absolutamente todo otorgando una sedosidad única al caldo.
El ajiaco, porque más que un plato de comida, es historia y cultura Colombiana.
Este artículo pertenece a la edición N°16 de nuestra revista

