
OTRA MIRADA – La artesanía y el valor de lo real en la era de la inteligencia artificial

Por: Maily González (Enlace a la autora)
En un mundo donde la tecnología avanza a pasos agigantados y las personas viven a la velocidad de la luz, sumado a la saturación de información, la sobreoferta de productos y la capacidad de la inteligencia artificial de generar casi cualquier cosa en cuestión de segundos, la artesanía cobra un gran valor.
Este valor no solo está dado por su autenticidad, sino por su capacidad de transmitir historias, preservar saberes ancestrales y conectar con lo humano. En paralelo, emerge en las personas un deseo de reconectar con experiencias y emociones reales, y de volver a encontrar valor en la imperfección.
Según Euromonitor (2026), en un contexto global marcado por la incertidumbre y la volatilidad, el 58% de los consumidores experimentan niveles de estrés moderado a extremo diariamente. Esto ha llevado a que las personas demanden productos y servicios que transmitan calma y bienestar.
Este perfil de consumidor, más consciente y exigente, obliga a las marcas a replantear su propuesta. Ya no basta con ofrecer productos genéricos; es necesario construir confianza, autenticidad y una conexión sólida con valores que trascienden lo puramente funcional.
En la misma línea, el World Economic Forum advierte que, a medida que la automatización y las innovaciones digitales transforman las industrias, también crece la necesidad de proteger la artesanía y la creatividad humana. Preservarlas no solo mantiene viva nuestra conexión con el patrimonio cultural, sino que también permite construir un futuro más diverso y resiliente.
La producción artesanal se caracteriza por requerir tiempo, paciencia y dedicación, y por ser capaz de reflejar la identidad, el territorio y la tradición de una comunidad. Además, al ser hecha a mano, la imperfección y la variación en los detalles son una parte esencial, incluso en un mismo diseño.
Preservar este legado hoy es una forma de resistencia en medio de la consolidación del fast fashion (producción y consumo de prendas de vestir, joyas o bisutería en grandes volúmenes, a bajo costo y de forma acelerada) y del reciente auge del ultra fast fashion, que produce moda en tiempo real con base en las tendencias que circulan en redes sociales. Sus mayores exponentes son los gigantes chinos Shxin y Txmu.
En este contexto, WGSN (2026)- prestigiosa consultora de tendencias de consumo- identifica lo que llama el “renacimiento de lo real”, una tendencia en la que, en medio de la expansión de la inteligencia artificial, los diseñadores revalorizan el trabajo artesanal, la imperfección y la visibilidad del proceso material como forma de reafirmar su autoría.
De igual manera, también señala que, en un mercado saturado de propuestas homogéneas, la creatividad y los intercambios culturales genuinos se posicionan como la nueva moneda de valor en la moda.
Esta tendencia se refleja en las pasarelas otoño-invierno 2026-2027, de Nueva York a Londres, donde se evidencia una apuesta por lo manual y lo auténtico: estampados dibujados a mano, composiciones asimétricas, acabados imperfectos y costuras visibles que dejan ver la construcción de la prenda y reivindican la intervención humana en el proceso creativo.

Sin lugar a duda, la globalización y los avances tecnológicos han incrementado de forma acelerada la producción y el consumo en Occidente, con impactos significativos sobre la flora y la fauna del planeta. Sin embargo, también emerge una corriente de consumo más lento y consciente, que se opone a la lógica de lo inmediato, lo masivo y lo estandarizado.
Con esto no se busca plantear una rivalidad entre lo artesanal y lo industrial, ni entre lo artesanal y la inteligencia artificial, dado que cada uno responde a lógicas distintas. Lo que sí quiero destacar es que la artesanía está más viva que nunca y hoy cobra una relevancia especial, particularmente en industrias como la moda, joyería y bisutería.
La artesanía se posiciona como una forma de resistencia frente a la superficialidad de la moda rápida y la fatiga digital, desafiando la idea de que la velocidad y la eficiencia son los únicos valores posibles.
Por último, enfatizo que, a diferencia de los algoritmos, que calculan resultados a partir de datos, la creatividad humana surge de la vulnerabilidad, la identidad y las experiencias vividas. Se nutre de los sueños, las contradicciones y las incertidumbres que nos moldean. Y es precisamente ahí donde radica su valor, en aquello que nos hace profundamente humanos.
Este artículo pertenece a la edición N°16 de nuestra revista

