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“La imagen nunca es ingenua”: una conversación con Matilde
ESTRAFALARIOS Y COMUNES – Matilde Salinas

Por: Luisa Moscoso (Enlace con la autora)

Matilde es el nombre con el que esta diseñadora, ilustradora y feminista interseccional firma su trabajo. Diseñadora gráfica de la UPB y directora de arte, ha trabajado con la Fiesta del Libro, el Festival Entre Viñetas, el medio 070, Radiónica, Universo Centro, entre otros. Cocreó el colectivo Hiedras, un espacio de conversación y activismo para mujeres. Desde hace seis años hace parte de Mutante, medio independiente de periodismo, donde lidera el Estudio Mutante: una unidad de contenido con propósito enfocada en género, derechos humanos, cambio climático y salud mental. Conversamos con ella sobre su proceso creativo, sus inspiraciones y su estética.

Tu trabajo tiene una estética muy reconocible. ¿Cómo llegaste a ella?

El estilo personal llega con la experiencia y la paciencia, no de un día para otro. Es como cuando desarrollás un estilo al escribir porque leés ciertos autores y te vas identificando: vas llenando una maleta de referentes, conscientes e inconscientes, y poco a poco llegás a algo propio.

Yo estudié un año de ilustración digital muy enfocada en la perfección técnica, en la perspectiva, en las luces, en las sombras. Y eso es muy valioso, pero con el tiempo me di cuenta de que a mí me interesaba más trabajar desde la idea. Me interesa más poder expresar una postura o una opinión a través de una imagen, incluso si la ilustración no es extremadamente detallada.

¿Qué pasa antes de que aparezca la imagen?

Me gusta mucho salir a caminar con una cámara y tomar fotos. Eso me ayuda a ver formas, arquitecturas, contrastes. La fotografía me inspira un montón. También colecciono piezas gráficas sobre movimientos sociales y leo bastante: libros, artículos, lo que sea que tenga que ver con los temas que me interesan.

Siempre cargo una libreta pequeña. No es algo ordenado, es un cuaderno lleno de mamarrachos, lo que se me ocurre en el momento. Pero cuando llego al computador, ya tengo ideas de adónde quiero ir. En mi tiempo libre prefiero alejarme de la pantalla: ir a la libreta, a los colores, al collage manual. Conectarme con lo que estoy haciendo con las manos.

La inspiración no es algo en lo que crea del todo. Llevo más de diez años ilustrando y la mayor parte del tiempo es paciencia y disciplina: sentarte a pensar, repensar, preguntarte si el fondo funciona, si la imagen es demasiado obvia. Y hay algo clave: cuando hablamos de ilustración, estamos hablando de comunicar una idea, no simplemente de dibujar. Cuando te sentás a ilustrar, querés comunicar algo, o ayudar a alguien a comunicar algo. Eso cambia todo el proceso.

Tu trabajo conecta creatividad, periodismo y activismo. ¿Cómo entiendes esa relación?

Sería muy osado de mi parte decir que soy periodista, pero llegué a Mutante por intereses en común: el cambio social. Eso ha estado presente siempre a lo largo de toda mi carrera.

Para hacer ilustración editorial hace falta investigar de verdad. La semana pasada estaba ilustrando sobre la Mojana. Entonces me tocó buscar fotos, leer sobre el lugar, entender el contexto. No es solo una búsqueda visual, es entender lo que está pasando ahí. También soy de las que rayan y subrayan: aunque el resultado sea visual, escribir me ayuda a organizar las ideas.

Me gusta ver el diseño y la ilustración como modos de acción que deben servir a lo social, lo ambiental y lo político. El diseño siempre va a salir hacia afuera, siempre va a comunicar algo, y uno tiene la responsabilidad de pensar cómo va a impactar. La imagen nunca es ingenua. Alimentar un estereotipo, por ejemplo mostrar a una persona afro en un papel negativo, es una decisión con consecuencias. El diseñador tiene esa responsabilidad.

He tenido momentos en que el diseño deja de ser la pieza que publiqué en Instagram y se sale a la calle. Para mí, eso es lo más valioso que puede pasarle a una ilustración.

Durante la pandemia hice una serie sobre feminicidios que se llamaba La culpa no es. Una de esas ilustraciones llegó hasta la familia de una de las víctimas y ellos la imprimieron grande y la pusieron en el balcón de su casa, para contarle a los vecinos que la culpa no había sido de ella. Cuando eso ocurre, cuando se rompe la pantalla y la imagen conecta así con las personas, es donde le encuentro el verdadero significado a lo que hago.

Por otro lado, durante el paro nacional, desde Mutante ilustramos declaraciones de personas asesinadas por la fuerza pública en Cali y esas ilustraciones llegaron a las familias. Había ahí una manera de honrar a esas personas, de generar memoria, de decir: estas vidas son importantes, estas vidas no quedan en vano.

¿Cómo integras el feminismo en tu arte?

Creo que lo personal es político. Por ejemplo, yo llegué al feminismo por preguntas sobre las imposiciones en mi propio cuerpo. No porque alguien me dijera directamente cómo tenía que ser, sino porque ser mujer cis habitando Medellín es complejo. Es algo que estás viendo todo el tiempo: en las miradas, en las expectativas, en las imágenes que te rodean.

Con el tiempo tuve que hacerme otras preguntas. Si yo estoy luchando por las mujeres, ¿Qué pasa con las personas trans, con las personas no binarias? ¿Mis referentes son mujeres muy blancas, llenas de privilegio? Me nombro feminista interseccional, pero me gusta pensarme más como alguien en disposición permanente de aprendizaje.

El feminismo ya no es algo que aplico cuando quiero, está en todo. Por ejemplo, Cómo vas a mostrar a una mujer, qué tener en cuenta si vas a usar una foto de una niña. Son cosas que ya tenés interiorizadas en tu flujo de trabajo y que ya no podés dejar de pensar.

¿Cuáles son tus referentes?

Un referente muy importante es Arturo Escobar, antropólogo reconocido por su trabajo en ecología política y estudios decoloniales. En su libro Autonomía y Diseño plantea que diseñar no es resolver un problema técnico o estético: es un acto político. La creatividad no es un lujo; es la capacidad de reimaginar y reconstruir mundos.

También me inspira el Red Women’s Workshop, una cooperativa feminista de arte y serigrafía que existió en Londres en los años setenta y ochenta, cuyo trabajo giraba en torno al cuidado, las mujeres trabajadoras y los derechos. A nivel local, el Taller Cuatro Rojo, activo en Colombia en los setenta con artistas como Nirma Zárate y Diego Arango y Jorge Mora, es un referente clave cuando hablás de arte y política. Y me interesa mucho el trabajo de Ochy Curiel, que habla de la transformación social no como una reforma sino como un trabajo colectivo, radical y comunitario.

¿Hacia dónde va Matilde, y qué le diría a quien quiere seguir un camino parecido?

Me interesa mucho la creatividad ligada a la educación y a lo comunitario. Quiero explorar más la serigrafía y tener mis propios productos físicos. Mi sueño es caminar hacia lo educativo, lo comunitario y los pósters en físico.

Y mi consejo es simple: hacé lo que te mueve. Cultiva tus propios proyectos, saca tiempo para lo que genuinamente te interesa. Yo en algún momento estuve desempleada y empecé a publicar todos los días sin que nadie me fuera a dar un peso. De ahí surgieron contactos y oportunidades que no hubieran ocurrido de otra manera. No pierdas esa llamita creativa hacia lo que te interesa.

Este artículo pertenece a la edición Nª16 de nuestra revista

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